EL PAPA EN GRAN BRETAÑA: JÓVENES, SED LOS SANTOS DEL SIGLO XXI

Extracto del discurso a los estudiantes de las escuelas católicas británicas
Londres, viernes 17 de septiembre de 2010
Queridos jóvenes:
Quiero manifestaros ante todo mi alegría por estar con vosotros hoy aquí… Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad.
Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras del mundo del deporte o del entretenimiento. Os pregunto: ¿Cuáles son las cualidades que veis en otros y que más os gustarían para vosotros? ¿Qué tipo de persona os gustaría ser de verdad?
Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón.
Dios no solamente nos ama con una profundidad e intensidad que difícilmente podremos llegar a comprender, sino que, además, nos invita a responder a su amor. Todos sabéis lo que sucede cuando encontráis a alguien interesante y atractivo, y queréis ser amigo suyo. Siempre esperáis resultar interesantes y atractivos, y que deseen ser vuestros amigos. Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad.
Recordad siempre que cuando estudiáis una materia, es parte de un horizonte mayor. No os contentéis con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino.
Una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad. Y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos.
Benedicto XVI

¡En la Eucaristía está todo!

De las "cartas" de la Beata Eugenia
(Archivo de la Congregación de Las Pequeñas Hijas de los SS. Corazones de Jesús y María. Parma)

Jesús Eucaristía es el centro de nuestro amor
 ¡Amor es la vida de cada criatura! Sí. Nada más que Amor puede ser la existencia de un ser creado por el Dios de Amor. Cada criatura puede repetir "Amor me trajo, Amor me sostiene, Amor me apaga". El Amor trajo de la nada lo visible y lo invisible, el Amor lo sostiene, el Amor lo apaga. El Amor le dio el ser, el Amor se lo conserva, el Amor se lo apaga.
La creación visible e invisible corre hacia el Amor, sigue el Amor, por la fuerza omnipotente del Amor que lo creó. Las inteligencias celestiales se corroboran en el Amor, dependen del Amor, rodean el Amor, están para el Amor.
¿Y el ser humano? Objeto del Amor y de la obra creadora del Amor, ¡vive esencialmente de amor! O vive de purísimo Amor y entonces es armonioso, o vive de amor impuro y entonces pierde totalmente su armonía. Dios, Purísimo Amor, creó al ser humano para que lo amase eternamente: le dio un corazón capaz de amar a su Dios, ¡Amor infinito! ¡Le ordenó amarlo corriendo el riesgo de una eternidad feliz o infeliz!
¡Oh altura y profundidad del hombre! ¡Poder amar a su Dios! ¡Poder conseguir y llegar a excesos que desearían dos amantes y que no pueden! ¡Ensimismarse, unificarse, unir el Amante y la amada y hacerla una con Él! Dios se hace Hombre. Dios invita a recibirlo. El hombre se diviniza. ¡Dios y el hombre son uno! ¡El Corazón divino está en contacto con el corazón del hombre! Laten en uno, aman en uno: el extremo acto de Amor ha sido consumado.
¡No se puede ir más lejos! El alma humana ha sido saciada. ¡Oh Eterno Amor! Amor que eterniza el ser humano. El alma que prisionera del desorden ha sido tomada por el Amor, se purifica, se embellece con el perdón de su Dios Amor. Dios atrae a sí aquella amante arrepentida, a su Amor.
¡Oh pobre alma pecadora, si no tuviera a Jesús en su Sacramento de Amor!
Pero, ¿qué siento de Él en el Sacramento Eucarístico? Diferentes son los efectos y los afectos: Dios, Hijo del Dios Vivo, Verbo Eterno, Sabiduría Increada y Encarnada, Dios consubstancial al Padre, Dios Uno y Trino, el Verbo de Dios, por el cual fueron hechas todas las cosas, y por el cual se conservan, y por el cual fueron regeneradas y restablecidas. Y por lo tanto, Dios Creador, Dios Providencia, Dios Redentor, Dios Santificador, Dios Juez, Dios que castiga y glorifica. Dios, verdadero Dios y verdadero Hombre, y por lo tanto Jesús el Cristo, el Niño Jesús, Jesús Maestro en su vida de amor, Centro de nuestro amor, Resumen de las obras de su Amor, intrínsecas y extrínsecas, es decir, ¡Jesús Eucaristía!
Y aquí el alma se pierde en su Centro, en el Corazón de su corazón, en el Alma de su alma, en el Amor de su amor, en la Vida de su vida, en su Todo, en su Dilecto, en su Ser porque Es, y porque la pobre alma existe. Estos son los pernos de apoyo: es decir lo que siente esta pobre creatura del Amor en Sacramento.
¿Qué siento de Él en el Sacramento Eucarístico?

¡Se siente un hilo que une Corazón a corazón! Parece real este hilo, que tiene una línea de comunicación con el santo Tabernáculo. El santo Tabernáculo, ¡es el trono de la Augustísima Trinidad! ¡Es la sede del Dios vivo! ¡Es la causa y la fuerza de los mártires! ¡Es la fuerza de los confesores y de las vírgenes! ¡En el santo Tabernáculo se contempla, se ama, uno se consume, se pierde! ¿Se busca a Dios? ¡Allí se encuentra vivo y verdadero! ¿Se busca a Jesús? ¡Allí está vivo y verdadero! ¿Por qué se busca tanto por parte de las buenas almas visitar la santa casa de Nazaret? ¿Los lugares empapados por la preciosísima Sangre de nuestro Amor Jesús? ¡Allí, en el santo Tabernáculo, se encuentra todo! Quien ama María Santísima allí adentro encuentra a Jesús, Hijo verdadero de Dios verdadero, ¡e Hijo verdadero de María! Esa carne, esa sangre ¿no es carne y sangre de María? A quien busca la santidad, la perfección, ¡allí está el Autor! A quien busca la paz, la calma, el silencio recogido y tranquilo: ¡allí está todo!